El alcalde y los leones


Hace mucho, mucho tiempo, en una galaxia muy lejana existió una ciudad muy bonita, tristemente hoy desaparecida. Por ella, por el emplazamiento que ocupa, pasaron las más importantes civilizaciones que han existido hasta hoy: tartesos, fenicios mercantes, romanos conquistadores, vándalos, visigodos romanizados con príncipes tendentes a sublevarse contra sus padres teniendo la ciudad como centro neurálgico, musulmanes, cristianos, Queipo de Llano, Torrijos y… el Redentor.

Durante los últimos años esta magnífica ciudad estuvo desgraciadamente gobernada por unas hordas de incontrolables, socialistas unos, comunistas otros, que decidieron, a espaldas de lo más conservador de la sociedad, llevar a cabo una serie de transformaciones que la ciudad era evidente que necesitaba tras dos décadas casi de estancamiento, y que atacaban las esencias tan duramente mantenidas en los siglos.

Sin embargo, y como ya se ha señalado, había sectores de esta bella ciudad que se oponían a lo que el gobierno, ilegítimo para ellos, hacía. No era tolerable que hubiera carriles para la bicicleta, que no podemos olvidar, y como ellos decían, era el medio de transporte propio de países subdesarrollados (y peor aún… ¡comunistas!) o propios de siglos pasados, como si algunas de las tradiciones de esta vetusta ciudad de nuestra fábula, y no le quiero poner nombres, hubieran sido inventadas poco antes de la destrucción final, ni avenidas peatonalizadas, ni tranvías, ni sentidos únicos, ni bibliotecas… Pronto estos elementos conservadores encontraron a su paladín, a su martillo de herejes. Se trataba nada más y nada menos que del protagonista de nuestra fábula: Zoido, el Redentor.

Dispuesto a deshacer todo lo que se hizo antes que él, y para dar satisfacción a aquellos que lo estaban respaldando a diario desde un panfleto grapado, nuestro intrépido líder empezó a lanzar sus soflamas y promesas al aire, a la par que denunciaba el desorden de nuestra aldea resistente. Los gobernantes habían permitido todos los desmanes sociales posibles. Los maricones se asentaban en el centro, y con ellos el vicio se expandía. Había conciertos en una céntrica alameda. Había marchas en bicicleta. Había presupuestos participativos en los barrios. Y no sólo estás malvadas acciones, pues además se permitía e incluso favorecía el normal discurrir de las fiestas relacionadas con la religión propia de este país imaginario. Es decir, la convivencia en la ciudad no existía, y el ambiente era irrespirable. Pero además de criticar todas estas acciones revolucionarias, el Redentor sorprendió a todos un día que se sentó ante los medios de comunicación: los gobernantes, en especial los comunistas, habían permitido que los leones se adueñaran de la ciudad.

Nadie había visto nunca a esos leones de los que habló, pero al día siguiente toda la prensa conservadora, los comerciantes del centro y sus ciudadanos partidarios alarmaban de los riegos que la presencia de leones tenía para la normal, ya de por si además afectada, convivencia en la ciudad. De nada servía que los gobernantes, a los que se suponía mentirosos, dijeran que no había simbas sueltos por la ciudad. El miedo a esta fieras había calado, y un clamor popular pedía la toma de medidas para resolver este problema.

Una vez convertido en gobernador de la ciudad de nuestro cuento, la primera medida tomada por el Redentor, e incumpliendo su promesa de llevarla a la asamblea de la ciudad para su votación, fue prohibir la presencia de leones en el centro de la ciudad. Una sensación de alivio corrió por toda la ciudad, algunos aplaudían hasta romperse las manos por el cumplimiento de un compromiso electoral, mientras que una sonrisa de satisfacción se dibujaba en aquellos periodistas y mercaderes que habían llevado a nuestro líder al poder. Los leones, a los que nadie había visto nunca en nuestra ciudad, salvo en los documentales, habían desaparecido.

Fatídicamente, la ciudad tal y como había sido conocida tras la transformación de los últimos años, desapareció incapaz de adaptarse de nuevo a los tiempos que corrían por todo el mundo.

¿Qué moraleja nos querían transmitir los autores de esta fábula? Creo que el anónimo autor de la misma gustaría de una libre interpretación. A mi sin embargo me recuerda a algo que ha pasado en el centro de Sevilla en fechas recientes, pues parece ser, tal y como dijeron medios de comunicación, comerciantes y ciudadanos afines, este centro histórico estaba completamente abandonado, nadie podía entrar… Aunque yo creo que sí podían, lo que pasa es que no entraban, o entrábamos, en determinados comercios porque simplemente no nos interesaba. Y… ¿cuál es el resultado? Un centro lleno de policías y donde las multas se han multiplicado.

Pero bueno, no deja de ser una simple interpretación…

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